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El ser humano lleva siglos transformando la Tierra, tanto que a nuestros antepasados les costaría reconocer muchos de los paisajes que hoy conocemos.
Un ejemplo de ello es el Espinal argentino, una región antaño densamente boscosa que, en su mayoría, se ha convertido en tierras de cultivo y explotaciones ganaderas.
En esta historia, dos jóvenes conservacionistas argentinas explican su cruzada para reconectar con este paisaje largamente olvidado y ayudar a su comunidad local a redescubrir sus raíces.

Por Ana Lund Petersen, Fundación Monte Alegre (GLFx Espinal Córdoba)
Me llamo Ana. Desde mi infancia, he buscado refugio en la naturaleza.
Al crecer en la capital argentina, Buenos Aires, ese anhelo rara vez encontraba alivio: Sólo podía vislumbrar el cielo abierto desde la autopista, o dejar que mi mirada se extendiera hacia el horizonte cuando visitaba el Río de la Plata.
Aunque húmeda y verde, la ciudad estaba sin embargo cubierta de hormigón, donde la vida sobrevivía en fragmentos, casi oculta.
Así que decidí mudarme al campo. La provincia de Córdoba me recibió con un aire seco y ventoso y largos inviernos sin lluvia. Su paisaje parece dormido hasta que llegan las primeras gotas de lluvia; entonces, la vida estalla de repente en cuestión de días.
Antes de mudarme aquí, había oído que en esta provincia abundaban los bosques. Pero, para mi sorpresa, lo que dominaba la región no eran bosques naturales, sino tierras de cultivo de soja, maíz y trigo.
Estas llanuras, que antes eran vibrantes ecosistemas, se han transformado en tierras agrícolas debido a la fertilidad de sus suelos y a su clima propicio.
También me enteré de que los pocos “bosques” que rodeaban las ciudades eran en realidad zonas boscosas degradadas, ahora ocupadas por vegetación invasora.
Cada vez que visitaba el campo, empezaba una nueva búsqueda: ¿dónde podía encontrar todavía un poco de bosque autóctono? Fue en esos paseos cuando decidí que trabajaría para restaurar los bosques autóctonos de Córdoba.

Por Analí Bustos, Fundación Monte Alegre (GLFx Espinal Córdoba)
Me llamo Analí y nací en el paisaje del Espinal, en un territorio que ya hacía tiempo que había sido transformado profundamente.
Fue a través del estudio y el conocimiento científico que llegué a comprender lo extensos que fueron en su día los bosques del Espinal y cómo se habían alterado profundamente con el paso del tiempo.
Una vez que comprendí la magnitud de la pérdida que supuso el paisaje en el que crecí, empecé a pensar en la restauración y la reconstrucción de una relación más equilibrada entre las personas y la tierra.
Antes, la vida en esta región seguía un ritmo más lento y arraigado, marcado por el pulso de la Tierra. Los pueblos comechingón y ranquel, y más tarde las comunidades criollas, vivían en profunda armonía con la tierra mediante la agricultura, el pastoreo y la recolección a pequeña escala.
Guiados por el cambio de las estaciones, cultivaban un profundo sentimiento de pertenencia a los lugares que los sustentaban, leyendo el lenguaje del suelo, los vientos y las estrellas.
A lo largo del siglo XIX, incluso durante la Campaña del Desierto (“Conquista del Desierto”), los militares argentinos desplazaron y mataron a miles de indígenas en todo el país.
Luego llegaron nuevos colonos que trajeron consigo nuevos modelos de propiedad y producción de la tierra que transformaron para siempre los ecosistemas argentinos.
A lo largo de las décadas, y especialmente desde los años ochenta, las prácticas tradicionales dieron paso a una forma de agricultura industrial, altamente mecanizada, que reconfiguró tanto la tierra como nuestra relación con ella.
Los campos se convirtieron en vastos monocultivos con fábricas de granos que se extendían en el horizonte, desplazando a las comunidades locales.
Siguió la despoblación rural, impulsada por la pérdida de medios de subsistencia y la ilusión de mejores oportunidades en las ciudades. Este éxodo creó una profunda ruptura cultural, erosionando el vínculo emocional que la gente tenía antes con la tierra y haciendo cada vez más difícil proteger los últimos vestigios de nuestros bosques.
Los residentes urbanos siguen teniendo dificultades para acceder a la naturaleza. La mayor parte del suelo de Argentina es de propiedad privada, y los pocos espacios verdes que quedan, como los parques, sirven a una gran población.
Sin embargo, no podemos negar la interdependencia entre los seres humanos y la naturaleza: nuestra alimentación, el agua, el aire e incluso nuestro bienestar emocional dependen de la salud de los ecosistemas que nos sustentan.
Cada acción que emprendemos repercute en la red de la vida, recordándonos que proteger los espacios salvajes no es sólo un acto de conservación, sino también de autoconservación.
Reconocer esta profunda conexión puede ser una de las formas más poderosas de despertar la conciencia colectiva e inspirar el cuidado del mundo vivo.
La restauración ecológica y la educación ambiental abren caminos para recuperar otra forma de ver: la que no reduce la naturaleza a bienes y servicios, sino que la reconoce como el tejido vivo al que pertenecemos.
Nosotros formamos nuestro entorno, y el entorno nos forma a nosotros. Como dijo una vez el ecologista y etnobotánico estadounidense Gary Nabhan: “No habrá reparación ni restauración sin re-historización”.

Por Ana Lund Petersen y Analí Bustos
Durante décadas, el bosque del Espinal ha estado olvidado bajo el extractivismo y la agroindustria. Hoy, niños, padres y abuelos ya no reconocen el Espinal como parte de su identidad, porque nunca conocieron estos bosques antes de que fueran degradados.
En el centro de nuestra metacrisis actual se encuentra una desconexión moldeada por la educación, la política y la cultura, que nos han enseñado a ver la naturaleza como un recurso y no como la red viva a la que pertenecemos.
Restaurar esta relación significa restaurarnos a nosotros mismos, nuestra memoria cultural y nuestra humanidad. Sólo a través de la reciprocidad podremos regenerar los ecosistemas y reconstruir comunidades capaces de habitar la Tierra con un sentido compartido de pertenencia y responsabilidad.
Empezamos a trabajar con la Fundación Monte Alegre con un propósito compartido: restaurar el bosque del Espinal y las relaciones de las personas con él.
Nuestra organización se centra en la restauración ecológica y social del Espinal, uno de los bosques autóctonos más amenazados de Argentina.
Lo hacemos colaborando con las comunidades locales, las escuelas, los productores locales, los voluntarios y las familias que visitan la Reserva Natural de Monte Alegre, que es a la vez un bosque en recuperación y un aula al aire libre. En 2025 recibimos a más de 500 estudiantes, muchos de los cuales veían el bosque por primera vez.
Entonces, ¿cómo se restablece la relación de la gente con el Espinal?

Hoy en día, cada vez más familias y propietarios de la región empiezan a proteger la vegetación autóctona y a plantar especies autóctonas del Espinal. Los profesores nos cuentan que sus alumnos vuelven a casa con ganas de “recuperar el bosque”.
La reconexión emocional es una herramienta ecológica: cuando la gente siente la belleza y el poder del bosque, quiere protegerlo. Cuando comprenden la historia del Espinal, pasan a formar parte de la reescritura de su futuro.
Trabajamos partiendo de la base de que la biodiversidad y la cultura son inseparables. Las lenguas, las historias, las prácticas de uso de la tierra, los dibujos de los niños sobre el bosque y los recuerdos de los ancianos sobre la recolección de frutos autóctonos forman una única red viva.
Eso no significa que todo deba volver necesariamente al pasado; nuestro mundo cambia constantemente. Sin embargo, las memorias y los conocimientos tradicionales y científicos de los paisajes que habitamos deben convertirse en terreno fértil para reimaginar los sistemas sociales y ecológicos con el fin de poner la vida en su centro.
Cada paseo, cada plantación colectiva, cada visita escolar se convierte en una puerta de regreso a la armonía con la naturaleza. Identificar un pájaro, reconocer una planta por su olor, escuchar una historia ancestral… son formas de restauración.
Restaurar el Espinal significa volver a tejer la memoria ecológica y cultural.

Finally…
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