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A sus 83 años, la abogada Ángela Dolmetsch tiene una vitalidad que envidiarían muchas mujeres de su edad.
Con voz ronca, pero sin dejar de mostrar su agilidad mental, comparte con orgullo la historia de un lugar que ayudó a construir a principios de la década de 2000.
“La economía quién la maneja son las mujeres, o mejor dicho, las madres”, afirma.
Se trata de Nashira, una ecoaldea matriarcal situada en Palmira, a una corta distancia en carro de la ciudad de Cali, en el oeste de Colombia.
Esta fue la cuna de un asentamiento precolombino conocido como Malagana, descubierto hace 30 años en el mismo lugar donde ahora se alza Nashira, unos 2.000 años después.
En la pantalla de su teléfono, Dolmetsch me muestra fotos de su escultura malagana favorita: una mujer dando a luz, embarazada y amamantando.
Esto demuestra, según explica, que el matriarcado no tiene sus raíces ni en el presente ni en el futuro, sino en el pasado: bajo la misma tierra donde ahora viven más de 300 personas en un sistema que consagra la equidad de género y un profundo respeto por la naturaleza.
En resumen: el matriarcado no trata de utopía, sino de honrar la tradición.
En esa tierra se asentaba una sociedad próspera que valoraba la fertilidad, la alimentación y la maternidad, y eso sigue siendo cierto hoy en día.
Nashira se creó como un experimento vivo de otra forma de vida: la vida en comunidad, con mujeres que dirigen y poseen casas a su nombre, en un lugar que respeta profundamente la naturaleza.
Muchas de sus habitantes habían sido desplazadas por el largo conflicto armado colombiano y antes vivían precariamente en las principales ciudades del país. En Nashira, por primera vez tenían casa propia, muchas de ellas construidas con sus propias manos.

El matriarcado suele considerarse como el opuesto del patriarcado, pero en realidad es mucho más profundo y complejo.
El patriarcado es un sistema que promueve el imperialismo (la idea de que las naciones pueden ser subyugadas por otras), el antropocentrismo (la creencia de que los seres humanos están separados de la naturaleza) y la misoginia (la creencia en la superioridad del hombre sobre la mujer).
El matriarcado, en cambio, cuestiona esa lógica y propone una nueva visión.
Heide Göttner-Abendroth, investigadora alemana y pionera de los estudios modernos sobre el matriarcado, señala las raíces de la palabra “matriarcado”. Para ella, matriarcado significa “en el principio, las madres”.
Las sociedades matriarcales, explica, son sociedades guiadas por una lógica del cuidado, el respeto a la importancia de las madres, la equidad de género, la toma de decisiones por consenso, una economía del dar y una espiritualidad que ve a las divinidades como inmanentes y no como un dios masculino externo y omnipotente.
Eso significa un profundo respeto por la naturaleza exterior en un mundo conectado al cuidado y dedicado a todas las formas de vida.
Göttner-Abendroth sostiene que los matriarcados ya existían en todos los rincones del planeta y que, de hecho, eran la norma hasta el surgimiento del patriarcado hace unos 6.000 años.
Algunos han perdurado hasta nuestros días, como los mosuo de China, los uros de las orillas peruanas del lago Titicaca y los wayuu de la frontera colombo-venezolana.
Nashira surgió bajo estos principios de equidad de género, economía del regalo y espiritualidad conectada con el medio ambiente.
La fundación de Nashira se remonta a los restos arqueológicos descubiertos en una finca de caña de azúcar en San Isidro, Palmira, en 1992.
Situado cronológicamente entre el 300 a.C. y el 300 d.C., el yacimiento mostraba indicios de una sociedad matriarcal y fue bautizado Malagana por la finca donde se desenterraron los primeros objetos.
Entre los artefactos encontrados había una estatua que representaba a una mujer dando a luz, embarazada y amamantando, un poderoso símbolo que inspiraría la creación de la ecoaldea 20 años después.
A Dolmetsch se le ocurrió la idea mientras trabajaba con mujeres cabeza de familia que vivían precariamente en Cali, ciudad conocida por ser la capital mundial de la salsa y sede de la COP16 de Biodiversidad en 2024.
El proyecto tenía como objetivo proporcionar viviendas a estas mujeres, lo que se amplió después de que el Gobierno colombiano pusiera en marcha un programa de apoyo a las mujeres en situación de vulnerabilidad social.
Tras muchas trabas burocráticas, Dolmetsch se enteró de la existencia de un terreno en venta en Palmira y consiguió negociar su compra por 130 millones de pesos colombianos (unos 35.000 USD).
Consiguió los fondos para comprar el terreno y construir las primeras 39 casas con recursos de la alcaldía de Palmira y del gobierno del departamento del Valle del Cauca.

Las primeras casas se terminaron en 2007, y las mujeres contribuyeron con su propio trabajo a cambio de un descuento en sus viviendas. Las casas se construyeron con paneles hechos de escombros y ladrillos ecológicos.
Las 41 viviendas restantes se construyeron con financiaciamiento público en la década de 2010, sin exigir contribuciones económicas a sus futuras ocupantes.
“La filosofía es que los recursos deben fluir donde se necesitan”, afirma Dolmetsch.
“Somos una comunidad de puertas abiertas”, añade, y señala que parte de los ingresos de las mujeres procede de los visitantes que quieren conocer el proyecto.
También hay un restaurante comunitario financiado por el gobierno local que prepara unas 50 comidas al día. La gente paga lo que quiere y puede por sus comidas, y quienes no pueden contribuir las reciben gratis.
“Las mujeres son dueñas de sus casas, pero las áreas productivas son comunitarias”, explica Dolmetsch.
Los residentes obtienen sus ingresos de diversas fuentes, como la cría de gallinas, patos y gallos de pelea, el cultivo de moringa, huertos y cultivos de invernadero. El negocio más rentable del pueblo es una planta de reciclaje que funciona con energía solar.
“En Nashira, empezamos con el empoderamiento de las mujeres”, dice Dolmetsch. “O sea, las mujeres son dueñas de sus casas y deciden quien entra en sus casas y sus cuerpos”.
“Para ellas, esto era completamente diferente de lo que estaban acostumbradas, porque empezaron a ser dueñas de sus casas y sus hijos fueron criados en un ambiente diferente, donde pudieron recibir educación”.

Bárbara Orjuela Vargas, de 53 años, recuerda que vivía con sus dos hijos en el gimnasio de una escuela de Palmira. Trabajaba allí durante el día y, a cambio, le permitían quedarse por la noche.
Cuando oyó hablar de la construcción de una ecoaldea matriarcal, vio la oportunidad de cambiar su vida. Ahora trabaja en la planta de reciclaje, ayudada por su madre, Amparo Vargas, que también vive en la ecoaldea.
Junto con otra socia, recogen residuos en todo el distrito de Bolo, en Palmira, y trabajan con papel, vidrio y metal.
“Cuando llegamos a Nashira, decíamos en broma que nos volvimos ricas, ya no éramos pobres”, recuerda Orjuela, con una camiseta en la que se lee “reciclador medioambiental” en la espalda.
Nashira se administra a través de un consejo de administración formado por 20 personas que toman las decisiones por consenso, siguiendo los principios matriarcales.
El consejo actual está formado por 19 mujeres y un solo hombre, Sneyder Neira, admitido porque se crió en la ecoaldea bajo principios matriarcales.
La madre de Neira, Rocío Lizcano, es diplomada en enfermería y trabaja la moringa, una planta medicinal que muele y transforma en productos como harina. También produce y vende otros productos naturales, como repelentes.
Ella y su familia ayudaron a construir las primeras casas, incluida la de sus padres, que habían sido desplazados por el conflicto armado.


Lizcano y su familia formaron parte del segundo grupo de personas que se mudó a Nashira. Hoy vive allí con su marido, Henry Neira, y sus dos hijos adultos. También tienen una hija que ahora vive en Perú.
“Lo que más me gusta es que podamos unirnos para hacer realidad un sueño”, afirma Lizcano. Forma parte del comité de salud de la ecoaldea y ayuda a los vecinos en cuestiones relacionadas con la salud cuando es necesario.
El arte también está presente en la vida cotidiana de Nashira. Enedie Rojas, de 70 años, coordina el taller de cerámica de la ecoaldea, donde lleva más de una década haciendo manualidades y enseñando a otras mujeres.
Gentil y tranquila, se detiene a observar los pájaros y las flores mientras camina por la ecoaldea. Cuando tiene tiempo, barre voluntariamente algunas calles de la comunidad.
“Me gusta que todo esté limpio”, explica. “Quiero mucho a Nashira”.
Rojas trabajaba en una tienda de animales en Cali antes de mudarse a Nashira, lo que ha transformado por completo su vida.
“Me cambió la vida económica. Ahora hay tranquilidad y en todo me siento feliz, porque del barro se puede hacer una figura”, dice.
“Me cambió total porque uno debe tener bastante mercancía, porque entre un momento y otro llegan personas. Ahora en noviembre se llevaron todo lo que yo había pintado”.
Cuando llegó por primera vez a la ecoaldea, contó con la generosidad de una vecina que le dio todo lo que necesitaba para empezar su nueva vida porque había llegado sin nada, “ni siquiera una cuchara”.
“La vecina me dio todo, cuchara, cubiertos, televisor, y aquí me quedé”, dice tranquilamente.
“Aquí es mucho más tranquilo. No cambiaría Nashira por Cali de nuevo”.

Proyectos como Nashira y otras culturas ancestrales que siguen vivas en todo el mundo demuestran que el matriarcado no es sólo un ideal utópico, sino que ya se practica.
Pero, ¿podríamos reproducir este modelo matriarcal de ecoaldea en otras partes del mundo?
Para la investigadora keniana Nyakio Kaniu-Lake, la respuesta es un rotundo sí.
Kaniu-Lake tiene experiencia en salud mental y es fundadora de Agatha Amani House, un centro de acogida para mujeres y niños víctimas de abusos en Kenia.
El año pasado viajó a Nashira para participar en un curso intensivo sobre matriarcado junto a otras 30 mujeres. Su objetivo ahora es crear su propia ecoaldea matriarcal en Kenia.
“Cuando supe lo que era el matriarcado, comprendí que era la pieza que le faltaba a mi proyecto”, dice.
El refugio está construido en un terreno que perteneció a la propia madre de Kaniu-Lake ―ella misma sobreviviente de abuso― en la región de Naivasha. Ya aplica los principios de la permacultura, que Kaniu-Lake describe como un “punto de inflexión” en su vida.
Sin embargo, a diferencia de Nashira, las mujeres del refugio sólo viven allí temporalmente. Kaniu-Lake se plantea ahora construir tiendas de campaña que podrían evolucionar en casas más permanentes.
Para ella, el reto de implantar el matriarcado radica en navegar por un mundo todavía construido sobre cimientos patriarcales, como gobiernos, bancos y otras instituciones.
Dolmetsch está de acuerdo: “Nosotras queremos esto y tratamos de hacerlo, pero cuando se dice que son las mujeres las que toman las decisiones, no es fácil que el patriarcado lo acepte”.
“Sales a la calle y el mundo sigue siendo patriarcal”, dice Kaniu-Lake. “Pero el matriarcado es la solución a las guerras, a la hambruna, al hambre, al abuso… a todo”.
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